jueves, 5 de diciembre de 2019

ABC:El tesoro carpetano perdido en Guadalajara


A finales del siglo III antes de Cristo, alguien enterró un tesoro junto a la ciudad romana de Caraca, en terrenos de la actual localidad de Driebes (Guadalajara). Parte de estas alhajas, casi 14 kilos de plata en lingotes, monedas y fragmentos de adornos, se exponen actualmente en una vitrina del Museo Arqueológico Nacional. Fueron halladas en 1945, durante la construcción del canal de Estremera, en un talud del cerro de la Virgen de la Muela que fue completamente removido en aquellas obras. Allí no quedó nada de valor, pero aquellas piezas no eran las únicas que formaban el tesoro. Otra parte, de la que no se ha vuelto a tener noticia, había sido encontrada siglos antes muy cerca de allí.

Un documento conservado en el Archivo General de Simancas y citado por Tomás González en su «Registro y relación general de minas de la Corona de Castilla» de 1832 puso sobre la pista a los arqueólogos Javier Fernández Ortea y Emilio Gamo Pazos, que dirigen el equipo de Caraca. En él se hacía referencia a un litigio por un «tesoro que se halló en término de Driebes», motivo por el cual se enviaba al lugar al pesquisidor Miguel Lozano para que «practicase averiguación sobre cierta plata hallada en el campo».

Con ayuda de Isabel Aguirre, jefa del departamento de Referencias del archivo, Fernández y Gamo localizaron en Simancas hasta tres documentos relativos al pleito y pudieron saber las circunstancias del hallazgo.

Alonso Sánchez, un humilde zagal de 12 años que cuidaba el rebaño de un vecino de Driebes llamado Pedro Pérez, fue a apacentar las ovejas y darles de beber en la orilla del Tajo el 24 de abril de 1597. Al volver del río, alzó la mirada a lo alto de un torrontero y vio una teja hincada en el montículo. Intrigado, se acercó hasta allí y al escarbar con su garrote descubrió una olla de barro decorada con cal y una tapadera de barro y plata. El joven Alonso la sacó del todo y llamó a Sebastián Alonso, su mayoral, que quebró la olla con su cachaba. Estaba casi llena de pedazos de metal grandes y pequeños.

Al verlo, el mayoral mandó al zagal a cuidar del ganado y cuando volvió, le aseguró que eran de plomo mientras se guardaba en su ropa las piezas de mayor tamaño. «Eran redondas como planchas de grandes con un Real de a quatro salvo la grande que sería por lo menos que la palma de una mano», según describió el zagal. Las más pequeñas se las guardó Sebastián en la taleguilla donde solían llevar sal al campo. Según el niño, entre ellas pudo ver dos pedazos que parecían monedas del tamaño de un real, una de las cuales tenía en una cara una cabeza y en la otra un caballo.

Tras mandar al zagal a rellenar la bota de agua al río, el mayoral se apartó hacia unas peñas cercanas a la ermita de Nuestra Señora de la Muela para esconder el botín. A Alonso, a quien requisó hasta la bolsa de cuero donde había recogido los pedacitos más pequeños, le dijo que había entregado el plomo a la santera de la ermita, pero éste no le creyó. Cuando volvió a su casa, el chico se lo contó todo a su padre y al día siguiente, ambos se dirigieron a las peñas donde Sebastián había escondido el hallazgo. Según el testimonio de Martín Sánchez, su hijo encontró la taleguilla y de ella sacó una gargantilla de mujer y otras piezas, todas ellas de plata, que guardaron en la casa de un familiar.

Tanto el padre del zagal, como el mayoral y el alcalde de Driebes, máxima autoridad judicial en la villa, fueron interrogados durante el proceso que siguió a este hallazgo, en el que varios vecinos se vieron implicados. Martín Sánchez pidió para su hijo el premio que la ley disponía para quien hallara por casualidad un tesoro, la mitad de éste. El señor de las tierras donde se encontró el tesoro, y al que correspondería la otra mitad de la plata, era Luis Hurtado de Mendoza, IV marqués de Mondéjar, quien tras haber sido alcaide de Granada y haber luchado en la guerra de Portugal para defender los intereses dinásticos de Felipe II, entró en desgracia y por aquel entonces estaba encarcelado en el castillo de Chinchilla debido, entre otras causas, a su violento temperamento. Su primera esposa Catalina de Mendoza es la que figura en los primeros documentos de este pleito, que fue evolucionando con el trascurso de los años. Porque a la pugna por la propiedad del tesoro se sumó la Real Hacienda de Felipe II, que en esta etapa crepuscular del reinado con necesidad de financiación para hacer frente a diversos frentes internos e internacionales, pidió la entrega del mismo alegando un título de la Novísima Recopilación que decía «toda cosa que fuere hallada en qualquiera manera mostrenca desamparada (el mostrenco son los bienes que no tienen un dueño conocido), debe ser entregada a la Justicia del lugar (...) y debe ser guardada un año; y si el dueño no paresciere, debe ser dada para nuestra Cámara». Para el fiscal encargado de velar por los intereses de la corona, el licenciado Alonso Ramírez de Prado, la plata debía ser entregada a la Cámara Real.

Tras numerosos interrogatorios y la detención y posterior liberación bajo fianza de dos vecinos de Mondéjar a los que se les entregó parte del tesoro para que lo guardaran, el 16 de marzo de 1601, cuatro años después del hallazgo, el presidente y oidores de la Contaduría de Hacienda de su majestad resolvieron que la mitad de la plata hallada en Driebes se entregara al humilde pastor que encontró el tesoro y la otra mitad a don Luis de Hurtado de Mendoza, tal y como postulaba la ley 45, tit. XXVIII, Partida 3ª. Uno de los escribanos de cámara que firmó como testigo fue Diego Calderón de la Barca, padre del famoso literato.

Por aquel entonces, el marqués de Mondéjar ya había salido de la cárcel y había podido defender personalmente los intereses de su linaje. Tras el fallecimiento de su primera mujer, Luis de Hurtado de Mendoza se había vuelto a casar con Beatriz de Cardona.
Plata fundida

La relación más detallada del descubrimiento, el depósito de la plata y el pleito se conserva en un extenso expediente de 722 páginas conservado en el Archivo de Simancas que los arqueólogos Fernández y Gamo han consultado para el estudio sobre el «Hallazgo de un tesoro de plata de época de Felipe II en Driebes» publicado recientemente en el libro «En ningún lugar... Caraca y la romanización de la Hispania interior», editado por la Diputación Provincial de Guadalajara.

Se desconoce el paradero de aquellas piezas de plata del siglo III. A Martín Sánchez, se le pagaron los 1.174 reales en que estaba valorada la mitad del tesoro, que debieron de significar un cambio notable para la situación económica para la familia del joven Alonso, según señalan Fernández y Gamo, dado que «el sueldo anual de un catedrático, aunque estaba mal remunerado, oscilaba entre 2000 y 4.000 reales o que la fanega de trigo se pagaba en torno a 24 reales la unidad en 1597».

Por la testamentaría que recibió Beatriz de Cardona a la muerte de Luis Hurtado de Mendoza se sabe que de Mondéjar se llevaron a Valladolid cofres con dinero y que el marqués saldó algunas deudas por 69.000 reales, quizá con parte del tesoro de Driebes. «La plata debió de acabar fundida», opina Emilio Gamo, arqueólogo del Museo Nacional de Arte Romano.

Con la descripción de los objetos que se encontraron en 1597 y al compararlos con los conservados en el MAN, los directores del equipo arqueológico Caraca han realizado una conversión y una interpretación de a qué piezas podrían corresponder. Así, por ejemplo, «las redondas como planchas de grandes» que describió el zagal recuerdan «a las tortas del tesoro de 1945 cuyo tamaño es similar» y los pedazos que según el joven pastor parecían monedas de un real con una cabeza en una cara y un caballo en la otra podrían corresponder «a un medio shekel cartaginés como el hallado en 1945».
Ocultado tras la Segunda Guerra Púnica

«Debía de ser un mismo conjunto», señala Gamo, dada la semejanza de los dos depósitos, con torques, lingotes, monedas cortadas y tortas de fundición de época carpetana. Incluso su peso es muy similar. En 1945 se encontraron dos depósitos de aproximadamente 6,9 kilos cada uno y el de 1597 era de 6,4 kilos. Los arqueólogos creen que su ocultamiento probablemente estuvo «vinculado con la Segunda Guerra Púnica», librada entre el año 218 y el 201 a.C,

La directora del Museo de Cuenca, Magdalena Barril Vicente, señala en sus «Interpretaciones acerca de la funcionalidad del tesoro de Driebes» que es posible que «los tres grupos de piezas hubiesen sido depositados con una finalidad cultural, quizás como ofrenda votiva o para solicitar protección divina para evitar una amenaza colectiva que precisaba de gran esfuerzo por parte del solicitante o de la comunidad, o para aplacar lo que pudiera considerarse un castigo superior».

El gobernador de Mondéjar promovió unas excavaciones en el lugar donde se encontró la olla con la plata, cuya descripción ha aportado una útil información a los investigadores. En el expediente se describe la tierra como «movediza», que se va desmoronando, tal como Plutarco describe la de Caraca y en la subida al cerro donde se encuentra la ermita de la Virgen de la Muela, ya entonces se decía que había existido una antigua población y se descubrieron «muchas losas labradas», así como «pedazos de columnas de piedra labradas» y monedas de diferentes metales y figuras, algunas de plata. Junto a dos piedras grandes labradas «que parecían puestas en algún edificio», se descubrió «un poco de ceniza y carboncillos y algunos huesos que parecen de hombre», que según Gamo y Fernández Ortea podrían relacionarse con una necrópolis de época visigoda que existió al pie de la ermita actual.

Según las descripciones del expediente, el lugar donde se encontró el tesoro «parece señalar a mitad de ladera», donde «actualmente existe un retablo cerámico en un conglomerado a mitad de falda del cerro donde se atribuye la aparición de la Virgen a un tal Sebastián».

«Resulta llamativa esta circunstancia cuando el pastor que halló el tesoro en ese punto fue el susodicho Sebastián Alonso por mediación de su zagal», aprecian los arqueólogos.