sábado, 12 de septiembre de 2015

ABC:La misteriosa enfermedad que torturó al emperador César Augusto hasta los 40 años


Cuando en el año 44 a.C. Julio César fue asesinado por un grupo de senadores, Cayo Octavio era un adolescente completamente desconocido recién adoptado por el dictador romano. Nadie pensó que aquel imberbe fuera en serio en su pretensión de continuar con el legado de su padre político. Cayo Julio César Octavio, sin embargo, consiguió en poco tiempo alzarse como uno de los tres hombres más poderosos de la República –formando inicialmente el Segundo Triunvirato con Marco Antonio y Lépido– y más tarde logró gobernar en solitario como Princeps («primer ciudadano» de Roma), para lo cual adquirió la consideración de hijo de un dios. No en vano, una extraña dolencia le recordó, una y otra vez, que era mortal hasta el punto de casi costarle la vida cuando rondaba los 40 años. Sola la intervención de un médico griego evitó que la historia de Roma cambiara radicalmente. Todavía hoy, los investigadores médicos debaten sobre la naturaleza de esta intermitente enfermedad hepática o si, en realidad, se trataban de distintas dolencias no relacionadas entre sí.

El joven Octavio quedó muy pronto huérfano de padre. El patriarca, Cayo Octavio Turino, fue un pretor y gobernador de Macedonia al que, siendo un prometedor político, le alcanzó la muerte de regreso de Grecia a causa de una enfermedad que le consumió de forma súbita en Nola (Nápoles). Curiosamente, Augusto falleció mientras visitaba también Nola muchas décadas después. Numerosos autores apuntan incluso a que murió en la misma habitación en la que falleció su padre. Así y todo, se conocen pocos detalles de la dolencia que causó la muerte del padre y es difícil relacionarla con la que afectó a su hijo.

El niño que «le debe todo a un nombre»
Demasiado joven para participar en las primeras fases de la guerra civil que llegó a Julio César al poder, Octavio se destacó por primera vez como centro de la atención pública durante la lectura de una oración en el funeral de su abuela Julia. Como Adrian Goldsworthy narra en su último libro «Augusto: de revolucionario a emperador» (Esfera, 2015), los funerales aristocráticos eran por entonces acontecimientos muy importantes y servían a los jóvenes para destacarse a ojos de los miembros ilustres de la familia, como ocurrió en esa ocasión con Julio César. El tío-abuelo de Octavio decidió a partir de entonces impulsar la carrera del joven, que desde su adolescencia empezó a mostrar síntomas de una salud quebradiza. Cuando ya había cumplido la mayoría de edad, el dictador destinó a Octavio a Hispania en la campaña militar contra Cneo Pompeyo, pero debido a una enfermedad sin precisar por las fuentes llegó demasiado tarde para participar en el combate. Impregnado de escaso espíritu militar, el joven romano empleó repetidas veces, ya fuera cierta o no, la excusa de sus problemas de salud para alejarse del lugar de la batalla.

A la muerte de Julio César, Octavio –«un niño que le debía todo a un nombre», como le definían sus enemigos– no era todavía apenas conocido ni siquiera entre los partidarios del dictador fallecido, quienes veían en Marco Antonio al verdadero hombre a seguir. Tras levantar un ejército privado y ponerse al servicio de los propios conspiradores que mataron a su tío, Octavio se enfrentó inicialmente a Marco Antonio y Lépido, dos generales hostiles al Senado a consecuencia de la muerte del dictador. No obstante, los tres acabaron uniendo sus fuerzas, en el conocido como Segundo Triunvirato, contra los Libertadores, el grupo de senadores que habían perpetrado el magnicidio. Luego de aplicar una durísima represión política, el Triunvirato acorraló a los Libertadores y sus legiones en Grecia y emprendió en el año 42 a.C. la definitiva campaña militar en estas tierras. El desembarco se produjo en Apolonia, donde Octavio enfermó gravemente sin que se conozca hoy la naturaleza de sus síntomas. La dolencia, una vez más, impidió que Octavio participara en plenitud de condiciones en la batalla que puso fin a la guerra.

Los hechos ocurridos en batalla de Filipos, entre los cabecillas del bando de los Libertadores –Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino– y el Triunvirato, dio lugar durante el resto de la vida de Octavio a comentarios malintencionados sobre su poble actuación. O no tan malintencionados. Como apunta el historiador Adrian Goldsworthy, «Octavio no se comportó como cabía esperar de un joven aristócrata romano al frente de una batalla». De hecho, no apareció por ningún lado. Lo que hoy podríamos llamar la versión oficial aseguró que seguía enfermo y prefirió dirigir la batalla desde la retaguardia trasladándose en litera de un lado a otro, aunque la realidad es que cuando las tropas de los Libertadores consiguieron derrumbar el frente que debía dirigir Octavio e internarse en el campamento enemigo no encontraron por ningún lado al joven. En este sentido, la versión más probable es que ni siquiera se encontrara en el campo de batalla, sino escondido en una zona de marismas cercana recuperándose de su enfermedad en un periodo que se prolongó hasta tres días.

El hijo de un dios que era mortal

De una forma u otra, Marco Antonio consiguió dar la vuelta a la situación y acabar finalmente con el conflicto. Puede que Octavio no fuera un buen militar, pero era un hábil político. Tras repartirse el mundo entre los tres triunviratos, Octavio fue consolidando su poder desde Occidente, mientras Marco Antonio desde Oriente caía en los brazos de Cleopatra y fraguaba su propia destrucción política. Lépido, por su parte, se limitó a dar un paso atrás. En el año 31 a.C, Octavio se vio libre de rivales políticos tras derrotara a Marco Antonio, al que primero había desacreditado con una agresiva campaña propagandística, e inició el proceso para transformar de forma sigilosa la República en el sistema que hoy llamamos Imperio. Lo hizo, sobre todo, valiéndose del agotamiento generalizado entre una aristocracia desangrada por tantas guerras civiles sucesivas. Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal. Sin embargo, los problemas de salud de Augusto –como el esclavo que sujetaba la corona de laurel de la victoria de los comandantes victoriosos durante la celebración de un Triunfo– le recordaban con insistencia que era mortal.


La dolencia que torturó de forma intermitente la vida de Augusto tuvo su punto clave a la edad de 40 años. En el año 23 a.C, Augusto era cónsul por undécima vez, algo sin precedentes en la historia de Roma, y tuvo que hacer frente a una seria epidemia entre la población derivada del desbordamiento del río Tíber. Coincidió esta situación de crisis con las guerras cántabras y con el episodio más grave de la extraña dolencia de cuantos registró en su vida. Ninguno de los remedios habituales contra sus problemas de hígado, como aplicar compresas calientes, funcionó en esta ocasión; y todos, incluido él, creyeron que su muerte era inminente. Así, Augusto llamó a su lecho a los principales magistrados, senadores y representantes del orden ecuestre para abordar su posible sucesión, aunque evitó de forma premeditada nombrar a alguien concreto.

Cuando todo parecía dispuesto para el final del Princeps y del sistema que trataba de perpetuar, la llegada de un nuevo médico, el griego Antonio Musa, modificó el tratamiento dando lugar a una recuperación casi milagrosa. Musa lo curó con hidroterapia alternando baños de agua caliente con compresas frías aplicadas en las zonas doloridas. El agua frío y ese médico griego habían salvado su vida, por lo que Augusto le recompensó con una gran suma de dinero. El Senado, en la misma senda, concedió a Musa una nueva suma de dinero, el derecho a llevar un anillo de oro y erigió una estatua suya junto a la de Escalopio, el dios de las curas. Las muestras de agradecimientos se completaron con la decisión senatorial de dejar exentos del pago de impuestos a todos los médicos.

Ni siquiera hoy está claro cuál fue la naturaleza exacta de la enfermedad que hostigó al Princeps en los diferentes periodos de su vida, aunque lo más probable visto con perspectiva es que no fuera una única dolencia, siendo su salud siempre fue muy frágil y propensa a vivir momentos de colapso. En su largo historial médico registró problemas de eccema, artritis, tiña, tifus, catarro, cálculos en la vejiga, colitis y bronquitis, algunos de los cuales se fueron enconando con el tiempo para convertirse en crónicos, al tiempo que sentía pánico por las corrientes de aire.


Augusto, en cualquier caso, no volvió a sufrir más problemas de hígado ni registró estados graves más allá de algún catarro primaveral. Al contrario, el Princeps murió en Nola a la avanzada edad de 76 años, lo cual generó el problema contrario al que le había preocupado en su juventud: ¿Quién de los sucesores señalados en diferentes periodos viviría tanto para sobrevivir al longevo romano? Desde luego Marco Vipsanio Agripa –el más fiel de sus aliados y el hombre señalado para sucederle cuando a punto estuvo de fallecer en el año 23 a.C– no pudo hacerlo y fue él quien murió en el 12 a.C. Muy diferente fue el caso del hijastro de Augusto, Tiberio Claudio Nerón, que, habiendo caído en desgracia décadas atrás, tuvo tiempo de recuperar el favor del Princeps antes de su fallecimiento. Tiberio –que se hallaba presente junto con su esposa Livia en el lecho de muerte de Augusto– asumió la cabeza de Roma y pudo escuchar de primera mano las últimas palabras de Augusto: «Acta est fabula, plaudite» (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!).


viernes, 11 de septiembre de 2015

Hallazgo de ruinas podría cambiar idea sobre la Roma antigua


La Superintendencia para los Bienes Culturales de Roma encontró ruinas correspondientes a una casa del siglo VI a.n.e. en la colina del Quirinal. Dicho descubrimiento obligará a cambiar la idea que se tenía de la estructura y el desarrollo de la Italia urbana antigua.

Dichas ruinas inducen a revisar las reconstrucciones históricas de la evolución de Roma entre el siglo VI y el V siglo a.n.e., debido a que "testimonian la extensión de la zona habitada en un área de la nación que antes se creía destinada exclusivamente a uso funerario", según lo explicado este jueves a la agencia EFE por fuentes de la entidad. 

 En sus declaraciones indicaron que el descubrimiento contempla varias novedades, un de ellas es el hecho de cómo se conservan los restos, ya que "es la primera vez que en el centro de la ciudad se encuentran ruinas del periodo arcaico en este estado".

Otra, es que la casa surgía en una zona en la que anteriormente se pensaba que solo había sepulcros.

La Superintendencia mencionó que los restos de la Roma monárquica, anterior a la republicana, son mucho más escasos, por lo que es considerado como uno de los más valiosos que han descubierto.

"Una cosa como esta nunca la habíamos hallado", añadieron.

El Superintendente de los bienes culturales de Roma, Francesco Prosperetti, auguró que "a la conclusión de las excavaciones se pueda proceder a la lectura y al disfrute de este extraordinario hallazgo".


jueves, 10 de septiembre de 2015

Descubiertas en Bulgaria casi 3.000 monedas romanas de plata del siglo I


Un tesoro de 2.976 monedas de plata romanas con la efigie de diversos emperadores y algunos de sus familiares ha sido desenterrado en Sofía, Bulgaria, en la antigua ciudad romana y tracia que se encuentra en el interior de los límites de la ciudad moderna. Los arqueólogos han afirmado que el nombre del supuesto propietario del tesoro aparece grabado en la vasija de barro en la que estaban guardadas las monedas.

Estas monedas se acuñaron a lo largo de un período de unos 100 años, según podemos leer en el blog Archaeology in Bulgaria. Las más antiguas son de la época del emperador Vespasiano, que gobernó del 69 d. C. al 79 d. C., mientras que las más recientes pertenecen al reinado de Cómodo, del 177 al 192 d. C. El tesoro contiene además otras monedas de períodos intermedios con diversos emperadores y sus parientes representados en ellas. Las monedas estaban ocultas en una vasija de barro provista de tapa.

“Es un momento muy emocionante ver que lo que has encontrado no es anónimo sino que fue propiedad de una persona concreta con un nombre y una historia. Según nuestro colega [Nikolay] Sharankov, el nombre del propietario de este tesoro era Selvius Calistus. Es también posible que el propietario fuese una mujer, ya que algunas partes de la inscripción se han perdido.” dijo Snezhana Goryanova, arqueóloga del proyecto.

Aunque las monedas se encontraban en un estrato que data de los siglos III al V d. C., se guardaron casi con toda seguridad en el siglo I, según explicó Goryanova.

Las monedas de plata, el recipiente que las contenía y una antigua lámpara de barro, encontrada también durante las excavaciones, fueron remitidos al Instituto Nacional y Museo de Arqueología de la Academia Búlgara de Ciencias. Los expertos se han puesto manos a la obra para estudiarlas y restaurarlas. Cuando finalicen estos trabajos previos, serán expuestas en el Museo de Historia de Sofía, que abrirá sus puertas el 17 de Septiembre del 2015. La sede del museo es un edificio cercano a las excavaciones de Serdica que en el pasado albergó unos baños públicos.

La zona de Serdica (Sofía) en la que se descubrieron las monedas se encuentra por debajo de una plaza cercana a la Catedral de Santa Nedelya y el Hotel Balkan. El casco antiguo de la ciudad fue restaurado en parte. Este es el segundo tesoro monetario de mayor tamaño descubierto en Serdica desde que empezaron las excavaciones. El blog llama Serdica, nombre original de la ciudad, a Sofía, la capital de Bulgaria. Hay rastros de que el lugar en el que hoy se alza la moderna Sofía estuvo ya habitado en la época Neolítica hace unos 5.000 años, en lo que es actualmente el barrio de Slatina. También hay pruebas arqueológicas de presencia humana en las edades del Cobre y del Bronce, tras lo cual una tribu céltica o tracia llamada “Serdi” se instaló en el lugar. La ciudad recibió su nombre, Serdica, de ellos. 

Filipo II de Macedonia y su hijo Alejandro Magno conquistaron Serdica brevemente en el siglo IV a. C. Más tarde, en el año 29 a. C. la conquistaron los romanos, rebautizándola como Ulpia Serdica, y siendo emperador Trajano se convirtió en el centro de la región administrativa de Dacia Mediterránea. Era el refugio favorito del emperador romano Constantino I, que dijo de ella, “Serdica es mi Roma.” Los hunos invadieron y destruyeron Serdica en el 447 d. C. Ya bajo el poder Bizantino, el emperador Justiniano I construyó una muralla defensiva en torno a la ciudad en el siglo VI. Esta muralla se ha excavado recientemente y se encuentra ahora a la vista. Trajano renombró la ciudad como Triaditsa. En el siglo VII se convirtió en parte del primer Imperio Búlgaro, y en el año 809 Khan Krum, también búlgaro, la conquistó. A partir de ese momento se la conoció por su nombre eslavo-búlgaro de Sredets. En el siglo XIV volvió a su antiguo nombre de Sofía, en honor a su antigua Basílica de Hagia Sofía. Imagen de portada: Las antiguas monedas romanas, datadas en el siglo I d. C. junto a la vasija de barro en la que se encontraban: el nombre del propietario está grabado sobre la superficie de la vasija. -

ABC:El misterio del templo romano de la cueva de San Felipe


Era una excavación en el solar dejado por una casa en el casco histórico de Carmona, junto a la iglesia de San Felipe. Habían aparecido algunos restos, como siempre que se remueve el suelo en Carmona, pero no de demasiada entidad. Era el último día de excavación, la roca del alcor aquí está próxima al suelo y no se pensaba que pudiera haber mucho más. Minutos antes de marcharse, un último golpe de piqueta hace que el suelo se hunda. Una galería excavada en la piedra.

La excavación se prolonga más días. ¿Qué era aquello? La ansiedad por conocer del arqueólogo Juan Manuel Román le juega una mala pasada. Encajado en un estrecho hueco da un golpe, se desploma una pared y puede acceder a una cámara. Respira un aire viciado de siglos, se marea, pero consigue salir. Ha dado con un hallazgo importante y muy singular. Tanto que aún no existe una interpretación completa que lo explique.

Lo que se conoce como Cueva de San Felipe, por su proximidad al templo es un santuario subterráneo de época romana fechado en el siglo I a. d. C. Tiene tres salas, la primera más antigua y otras dos que parecen ampliaciones realizadas mediante excavación en la piedra del alcor. El acceso en la excavación se hace desde la zona contraria al acceso, pero la puerta original puede verse desde el interior. Grandes y bien labrados sillares que indican un uso público o religioso.

Más allá de ellos ahora aparece una muralla de tierra, pero en origen esta puerta daría a un corte en el alcor que quedaba al aire libre en uno de los accesos a la ciudad desde la zona de la actual ermita de San Mateo. La labor romana consistió en aprovechar este corte para excavar la roca y para asegurar la entrada y darle relevancia se creó esta puerta.

La interpretación es que se trata de un santuario religioso vinculado con los cultos subterráneos a las deidades vinculadas con el inframundo. Una especie de ermita situada en las afueras de la ciudad.

Hay indicios que hablan de este uso religioso y ritual. En la sala principal hay una hornacina excavada en la roca. Allí aparecieron los esqueletos de cinco perros. En época romana era habitual hacer sacrificios con estos animales. Cuando fueron descubiertas, las salas estaban llenas de basura y escombros, pero también se hallaron una buena cantidad de piezas cerámicas y metálicas.

Entre ellas un anillo con gran calidad en la talla y una figura humana de terracota cuya interpretación resulta complicada. Juan Manuel Román, tras analizar la pieza y compararla con otras similares cree que por la disposición de los atributos que presenta como un carnero junto al pedestal, podría tratarse de un Hermes-Mercurio.

Una deidad cuya presencia en otros hallazgos realizados en la localidad, parece indicar que gozó de una singular devoción en la Carmo romana. En este caso sería una interpretación iconográfica realizada a la manera de los carmonenses del periodo. Esta interpretación se complementa también con la presencia de lámparas de aceite con atributos de este mismo dios.
Hay otros elementos que apuntan diversas interpretaciones, pero aún existen incógnitas abiertas sobre esta sincular construcción de una tipología de la que existen escasos ejemplos en el mundo.

Excavados en la piedra hay dos hornos. En uno de ellos estaban los restos de un lechón, cuyo estado indica que no había sido comido, por lo que podemos estar de nuevo ante un sacrificio ritual. El estudio del hallazgo se completó con la realización de análisis polínicos.

En ellos, además de un dibujo del medio ambiente del entorno, apareció la presencia de gran cantidad de polen de una planta concreta entre los carbones de uno de los hornos. Se trata de la gualda, una planta de la que se extraía, como su nombre indica, un pigmento empleado para producir tintes amarillos. Se sabe que era común que los centros religiosos controlaran la producción de tintes.

El templo ha quedado bajo la vivienda que se levantó en el solar, pero se ha dejado un acceso desde la calle que permite entrar de forma puntual en lo que constituye una experiencia única para el visitante y una puerta abierta a la historia de Roma para los investigadores.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

National Geographic:Descubren un antiguo oráculo en el centro de Atenas


El Kerameikos o Cerámico, situado al noroeste de la Acrópolis, en pleno centro de Atenas, fue el barrio de los alfareros en la Antigua Grecia, regado por el riachuelo Erídanos, que aún corre por las entrañas de la ciudad. El antiguo barrio de los ceramistas también es conocido por su extensa necrópolis, repleta de estelas y monumentos funerarios de diferentes épocas. En las cercanías se conservan los restos de un gran santuario atribuido primero a Hécate, protectora de la descendencia pero también poseedora de las llaves del infierno, y posteriormente a Ártemis Soteira, la que cura y alivia el sufrimiento de los mortales. Las excavaciones emprendidas por Kyriakos Mylonas a finales del siglo XIX sacaron a la luz un ónfalo de mármol en el centro de un recinto rectangular, entre un altar y la base de una estatua.

El ónfalo era una piedra cónica que representaba el ombligo del mundo, desde donde se había iniciado la creación del cosmos. "En 2012, unas labores de limpieza revelaron que el ónfalo estaba perfectamente montado sobre una losa de mármol que cubría una abertura", revela Jutta Stroszeck, directora de las excavaciones en Kerameikos, a Historia National Geographic. "Esto motivó una investigación posterior, que se ha desarrollado este año. El ónfalo fue levantado de forma segura con la ayuda de una grúa. Y entonces empezaron las emociones...", añade Stroszeck, del Instituto Arqueológico Alemán de Atenas.

Bajo el ónfalo apareció un pozo circular que dejó estupefactos a los arqueólogos. Estaba construido con cilindros de arcilla y cubierto con más de veinte inscripciones en griego, todas repitiendo la misma frase: "Ven a mí, oh Peán, trae el oráculo verdadero". El término "Peán" es uno de los epítetos con que se designaba al dios Apolo, el hijo de Zeus. Hasta ahora se conocía el oráculo de Delfos, dedicado a Apolo, pero ninguno en Atenas. El pozo fue utilizado en algún tipo de ritual de hidromancia, un método de adivinación por medio del agua. "El hallazgo es importante porque por primera vez se ha descubierto un antiguo oráculo que estaba justo en el centro de Atenas", afirma Stroszeck. "Los trabajos de restauración continúan. La presentación de los hallazgos se realizará durante la segunda mitad de este año", concluye.

martes, 8 de septiembre de 2015

El Mundo:¿Una gran ciudad sepultada bajo la desembocadura del Guadalquivir?


El investigador sanluqueño Manuel Cuevas ha comunicado a la Junta de Andalucía lo que considera el hallazgo, mediante fotografías tomadas por satélite, de una gran ciudad antigua sepultada en el pinar de La Algaida, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), junto a la desembocadura del Guadalquivir. Las fotografías aportadas por el investigador, empresario autodidacto de 52 años, están tomadas por satélite a 700 kilómetros de altitud y posteriormente aumentadas y tratadas, y dejan ver formas estructurales sepultadas también en el Cerro del Trigo, en el actual parque de Doñana, donde el arqueólogo alemán Adolf Schulten ubicó la antigua Tartessos, a unos seis kilómetros de La Algaida, pero en la otra orilla del río Guadalquivir.

Cuevas ha presentado un escrito en el Registro de la Consejería de Cultura de Andalucía en el que aporta las coordenadas de lo que ha interpretado como cuatro grandes edificios y un poblado, todos ellos de no menos de 2.500 años de antigüedad. Una de estas estructuras, edificio o plaza rodeada de edificios, llega a medir 360 metros por 180, mientras que otra de las estructuras mide unos 180 por 100 metros, unas construcciones de dimensiones inusuales para ese periodo histórico.

La zona del pinar de La Algaida tiene una extensión de unos ocho kilómetros cuadrados, en los que las fotografías de satélite manejadas por Cuevas pueden interpretarse estructuras de edificios completos, como si se hubieran conservado por haber sido sepultados de golpe al haber sufrido una gran inundación de agua y sedimentos. Independientemente de esos restos enterrados, Cuevas ha detectado otro tipo de estructuras más en superficie, de una época más reciente aunque anterior a la etapa romana, como espigones portuarios, canales navegables, restos de muros, cimentaciones y estructuras que podrían haber sido embarcaderos y otras que ofrecen líneas paralelas y cuadrículas de dimensiones similares a las de las calles de una ciudad.

Ante unas fotografías que Cuevas interpreta como "evidencias", el investigador ha pedido apoyo de la Consejería de Cultura para efectuar un estudio de tomografía eléctrica para determinar a qué profundidad se hallan los muros que estén más próximos a la superficie para poder determinar una ulterior excavación, además de para hacer otras fotografías aéreas de la zona. Responsables de la Consejería, que han visto las fotografías de Cuevas y escuchado sus explicaciones, le han remitido a la Delegación de Cultura de Cádiz, donde debe presentar un proyecto de investigación que deberá estar avalado por una universidad andaluza, para dotarlo de carácter científico y académico.

Entre otros especialistas, Cuevas ha contactado con el catedrático de Arqueología de la Universidad de Sevilla Ramón Corzo, quien ha mostrado interés por los indicios revelados por las imágenes del satélite, las cuales considera que deberían comprobarse científicamente con una excavación o al menos con unas catas o con tomografías. En la zona de La Algaida se hallaron hace años restos turdetanos y romanos en el lugar denominado "El Tesorillo", y a una cierta distancia de allí Cuevas tiene localizadas numerosas piedras con argamasa, sillares y restos de muros enterrados.

Cuevas, quien lleva años dedicado a su particular investigación y que conoce La Algaida como la palma de su mano, ha lamentado la "falta de entusiasmo" que encuentra entre los arqueólogos, sean adscritos o no a la Administración, si bien es consciente de que estructuras arquitectónicas como las que está seguro de haber detectado, por la profundidad a que se encuentran y la evolución del nivel del mar en la zona, tendrían una antigüedad superior a la de las grandes estructuras faraónicas y mesopotámicas.

Algunas de estas estructuras, por la profundidad a que se hallan, remiten al periodo en el que la desembocadura del Guadalquivir era un enorme estuario, en el que el agua del mar cubría la actual Sevilla, una época, en definitiva, en la que no se conoce tecnología para construir semejantes estructuras y que, en cualquier caso, remitiría a los ámbitos del mito, a una civilización perdida, desconectada del devenir histórico científicamente conocido.

ABC:Descubren en el Pirineo aragonés los restos de una ciudad de hace 2500 años


Los arqueólogos han sacado a la luz en el Pirineo aragonés los restos de una ciudad que existió hace unos 2.500 años. El enclave está situado en las faldas de una pequeña colina desgajada de la Sierra de Loarre, en el entorno de Linás de Marcuello, perteneciente al término municipal de Loarre (Huesca).

Los investigadores llevan varios años interesados en ese yacimiento, después de que en 2010 unas prospecciones arqueológicas realizadas a raíz de una concentración parcelaria dieran con gran cantidad de vasijas ricamente ornamentadas y modes de orfebrería para la fabricación de joyas.

Eso puso sobre la pista sobre la existencia de un asentamiento humano en esa zona en la Antigüedad, y las excavaciones que se han realizado ahora han confirmado que se trató de una población estable, bien organizada y con estructura plenamente urbana.

Data de mediados del primer milenio antes de Cristo, en la etapa protohistórica conocida como Edad del Hierro Europea, según ha indicado el director de las excavaciones, José Fabre, que también es conservador de Arqueología en el Museo de Huesca.

Se trata —ha dicho— de «uno de los yacimientos arqueológicos aragoneses más prometedores de las últimas décadas». No se ha podido determinar aún la dimensión que tuvo esa antigua ciudad, pero sí que tenía una clara organización urbana. «A la espera de que el análisis exhaustivo de los materiales obtenidos en la excavación y de las novedades que aporten futuras campañas de excavación, ya es posible adelantar que se trata de un asentamiento o pequeña ciudad», afirma Fabre.

Durante la última campaña de excavaciones, que se ha desarrollado este verano, se han desenterrado los vestigios estructurales de al menos dos casas y se han localizado los restos de una calle perfectamente empedrada, que apunta a una proyección urbanística propia de ciudades de cierta envergadura en aquella época.